
Un viaje en combi. Común y cotidiano. Cruzar la ciudad, fuegos, juegos, bizarría. La posibilidad de morir por el tiempo, el aburrimiento, el irónico dolor ebrio de metal. Así, sofocado por el tiempo, decido no mirar más, caer bajo las luces que parpadean a través de la ventanilla y así, bajo mis propios pensamientos, huir. Medito unas líneas que, pienso, podrían ser el inicio de una magnífica mala novela. Una honesta, funesta, dolorosa, de belleza personal, pero sin dirección, de norte inútil. Sube un muchacho al bus. Delgado, de bigotes largos y absurdos. Ridículos. Lleva una gorra de barrio, más grande que su cabeza, de lado. Asegura ser poeta y músico -tantas veces han traficado con esos títulos que han perdido las mayúsculas-. Desconfió. Extrae un parlante. Hip hop. El ritmo, el blues; asegura, es lo que necesita para improvisar. Es el día, lo que ve, la calle lo que lo inspira. No necesita más. Inicia. Narra en verso barrio, puro, honesto, se respeta. Juraría que utilizaba una técnica hábil. Cada cierta cantidad de versos, buscaba una palabra: paradero, noche, avenida... e iniciabas una nueva rima. Brillante. Asegura que su música, arte, poesía se encuentra en YouTube. Después lo buscaré. Luego de que bajó del bus, me sentí tan bien y no solo por descubrir que aun Lima me puede sorprender pues guarda maravillas de líricas y dolor, sino porque me mostró un personaje más para la novela que no puedo escribir.


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