
Ser escritor es un acto de fe. siempre me ha sorprendido ver a algunos escribidores que, tras tres volteretas mortales, se lanzan a la piscina de papel en busca de fama y fortuna. lo cual es tan inocente que hasta causa ternura. el mundo que sigue al escritor, bueno y trascendente, se reduce a unos cuantos miles en todo el globo; y en una ciudad como Lima pues se pueden contar con los dedos. y claro, de algún modo se obtiene la fama, son tan pocos los interesados que es relativamente fácil ser conocido y, más aún, si la fama es triste y vergonzosa: los escandalos siempre serán las formas más fáciles de la fama. me es lamentable conocer a algunos escritores valiosísimos y reconocidos con múltiples premios nacionales e internacionales (para los que se guían por premios) que caminan por las calles y toman cafés sin que ningún cristiano se les acerque para pedirles autógrafos, fotos o cualquier cosa que genere una anécdota digna de ser comentada el fin de semana. En otras ciudades, tiempos o mundos paralelos, escritores como Miguel Ruiz Effio, Carlos Rengifo, Augusto Effio, Juan Carlos Bondy, Selenco Vega -por mencionar a usuales ganadores de premios- tendrían que escabullirse entre el público para tomar una cerveza y sacudirse a las grupis todos los días. Pero en fin, como decía, ser escritor es un acto de fe. uno toma el lapicero, la pluma, se sienta frente a la azul pantalla del ordenador o ante la maravillosa y nostálgica máquina de escribir y le da y le da por horas, durante días, semanas, meses, años y más años sin saber con exactitud si toda esa inversión producirá una obra perdurable, digna de análisis o si solo es un acto catártico, inútil, incomible y que aburrirá hasta a la novia más optimista, condescendiente y estimulante. y ese juicio es inevitable. se termina la creación. se deletrea cada palabra, saboreándola en los dedos mientras estos le dan forma. se deja con tinta sobre el blanco el punto final. y entonces la fe. uno cree en lo que ha escrito, en sus palabras, en sus abstracciones... cree, finalmente, en sí. y sabrá dios. en cualquier caso he terminado de escribir, me despido de mis personajes, de las anécdotas, de los problemas y alegrías que vivimos, creamos, y recreamos en cada página; me despido de las estructuras que a falta de mejor alternativa, fue la guía de la vida y de los conflictos, me despido del tiempo y de una sinfonía que se fue construyendo cada vez que se eligió un adjetivo, una valoración o verbo en vez de otros. De algún modo, alivio, junto a la fe; y en todo caso, una despedida. ya vendrán más personajes, más páginas... pero por ahora, saboreo la fe y le digo adiós a esas páginas.


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