Dicen que dentro de poco, unos pequeños aparatitos muy vistosos, con pantallas que serán lo más tecnológico posible, estarán en las manos de todos. En estos aparatitos, almacenados, dormirán pacientemente centenares de libros esperando a que el usuario los elija para despertar y acompañarlos en un viaje en bus, tomando un café al atardecer o en el escritorio ayudando a un escolar a completar los datos de la tarea del día. Los libros como los conocemos, desaparecerían. Lo cual me llena de temor porque un libro es un descubrimiento. No sé cómo hacen ustedes, amable auditorio, pero para mí, comprar un libro es uno de los actos más emocionantes que pueden existir. A veces voy a una librería con el título del libro que deseo en la cabeza; otras, simplemente ingreso y paseo entre los libros esperando que alguno de ellos me llame, me observe, me cuestione y entonces, alargo mi mano hacia él, lo alejo de todos los demás que lo señalan, algunos con envidia, otros en paz; pero todos atentos ante mí, ante el lector. Observo la portada con atención, trato de descifrar lo que las imágenes, colores, tipografías quieren transmitir. Algunas veces, el libro está allí, las hojas arqueadas, cansadas de haber sido abiertas tantas veces. Entonces lo abro suavemente. Leo la siempre misteriosa dedicatoria, trato de imaginar quién es esa persona inmortal. Leo la primera página degustando el ritmo, testeando la elección de palabras del autor, preguntándome por qué no eligió esta o aquella construcción. Acaricio el papel. Su textura. Leo fragmentos dispersos. Si está envuelto, pues no podré conocer mucho de él, salvo que tenga algún encanto y me sea inevitable comprarlo y entonces, la emoción es mayor. Sentado, con un cigarrillo consumiéndose, retiro su recubrimiento de plástico y entonces vuelvo al mismo ritual que ya he descrito, solo agrego un acto más. Lo abro a la mitad y hundo mi nariz entre sus páginas. El aroma del libro nuevo es excluyente y vaporoso, se desvanece en segundos. Sí, soy algo fetichista. Así es como me aproximo a un libro como objeto, y lo digo, porque es inevitable, si vamos a hablar de Balas perdidas, detenerse por un momento en el libro como objeto. Apenas pude verlo, me sorprendí calificándolo de bonito. Adjetivo que debe ser uno de los más indeseables para un libro, pues bonito es un atardecer, un bebe dando sus primeros pasos o un candelabro antiguo que podemos imaginar adornando el centro de una mesa colonial; pero un libro… no lo creo. Pienso que un libro debe conmover, perturbar, conmocionar. Pero el adjetivo volvía sobre mí cuando pasaba las hojas de balas perdidas y es que sí, es un libro, como objeto insisto, bonito; pero bonito como lo es un león contemplando el horizonte, dormitando en las llanuras; el león es bonito, sí, incluso algunos dirían que hermoso, pero oculta en el fondo la capacidad de destruir a cualquiera, hay que tener cuidado de despertarlo. Cuando uno pasea por las páginas de Balas perdidas, se sorprende por la calidez de cierto personaje que las transita, que es un testigo que no solo adorna los relatos sino que es el relato abstracto, el momento de quiebre en la historia; es parte de la historia. Del mismo modo, las mayúsculas, las minúsculas, el resaltado y las variantes que van adquiriendo el tamaño y las formas de las palabras a medida el relato, relata.
La estética del libro abandonó el calificativo de bonito, se convirtió en lenguaje, en información a utilizar para enriquecer el texto, para lograr el conmover, conmocionar, perturbar que todo libro, como decía, debe tener. Lo insólito vincula todos los textos, me refiero a las pandemias, la pierna que se hincha y hiede; al hombre que, con insistencia, aparece en los sueños; al recordar despiadado de los cuentos de hadas sin influencia de Disney, al cambio de voz en el ataque de hormigas a una cocina, a la venganza dirigida a un simple escritor que tiene éxito, por supuesto a los últimos relatos que son sobresalientes. La escritora construye un universo en el que su lógica no falla, en donde lo extraño tiene el color de lo cotidiano, no hay drama; lo terrible es natural. Me es inevitable, a esta altura, señalar la influencia cortazariana. Puede ser una casualidad, incluso un acto inconsciente o que hayan bebido de la misma fuente; pero los referentes dan vueltas y vueltas entre las páginas de Balas perdidas y dos libros fundamentales: Bestiario e Historias de Cronopios y Famas. Sin embargo, también pienso que no es una ciega seguidora del iluminante escritor argentino; sino que también construye su propia teoría, su propio estilo. Con respecto a la ficción, no la acepta a ciegas. Abre unos cuantos espacios a las restricciones que implica la verosimilitud en la ficción y con gran habilidad es capaz de introducir al lector dentro de una de sus historias como un personaje fundamental, un actuante real manipulado desde la ficción. El cuestionamiento constante sobre qué es lo verosímil es sumamente interesante, desde el primero de los relatos en el que se discute a la novela y se revalora el cuento. Solange Rodríguez también construye su propio camino cuando se reinventa dentro del mismo libro; me refiero a las dos últimas descargas. En las últimas páginas, sus textos abandonan la brevedad y contundencia a la que no había acostumbrado, crecen abriendo caminos engañosos, desconcertantes. La realidad se construye en dosis, línea a línea; siempre sin sorpresa, a pesar de ser una historia perturbadora a más.
Y bueno, así podría seguir desanudando los diversos aspectos que contienen estos relatos, pero preferiría dejárselos a ustedes, amable auditorio, pues aún hay muchos aspectos más dentro de esos textos que nos permiten disfrutarlos a medidas los vamos descubriendo.
La estética del libro abandonó el calificativo de bonito, se convirtió en lenguaje, en información a utilizar para enriquecer el texto, para lograr el conmover, conmocionar, perturbar que todo libro, como decía, debe tener. Lo insólito vincula todos los textos, me refiero a las pandemias, la pierna que se hincha y hiede; al hombre que, con insistencia, aparece en los sueños; al recordar despiadado de los cuentos de hadas sin influencia de Disney, al cambio de voz en el ataque de hormigas a una cocina, a la venganza dirigida a un simple escritor que tiene éxito, por supuesto a los últimos relatos que son sobresalientes. La escritora construye un universo en el que su lógica no falla, en donde lo extraño tiene el color de lo cotidiano, no hay drama; lo terrible es natural. Me es inevitable, a esta altura, señalar la influencia cortazariana. Puede ser una casualidad, incluso un acto inconsciente o que hayan bebido de la misma fuente; pero los referentes dan vueltas y vueltas entre las páginas de Balas perdidas y dos libros fundamentales: Bestiario e Historias de Cronopios y Famas. Sin embargo, también pienso que no es una ciega seguidora del iluminante escritor argentino; sino que también construye su propia teoría, su propio estilo. Con respecto a la ficción, no la acepta a ciegas. Abre unos cuantos espacios a las restricciones que implica la verosimilitud en la ficción y con gran habilidad es capaz de introducir al lector dentro de una de sus historias como un personaje fundamental, un actuante real manipulado desde la ficción. El cuestionamiento constante sobre qué es lo verosímil es sumamente interesante, desde el primero de los relatos en el que se discute a la novela y se revalora el cuento. Solange Rodríguez también construye su propio camino cuando se reinventa dentro del mismo libro; me refiero a las dos últimas descargas. En las últimas páginas, sus textos abandonan la brevedad y contundencia a la que no había acostumbrado, crecen abriendo caminos engañosos, desconcertantes. La realidad se construye en dosis, línea a línea; siempre sin sorpresa, a pesar de ser una historia perturbadora a más.
Y bueno, así podría seguir desanudando los diversos aspectos que contienen estos relatos, pero preferiría dejárselos a ustedes, amable auditorio, pues aún hay muchos aspectos más dentro de esos textos que nos permiten disfrutarlos a medidas los vamos descubriendo.




